martes, 20 de noviembre de 2012

AGUAFUERTES.


Aquello de lo que nadie quiere ser parte, pero de lo que todos hablan.

(Por: Simioni, Constanza)

Claro está, toda persona diríamos que más o menos mundana, es víctima de convivir ya sea en el piso o la cuadra con los llamados “vecinos”. Y no todos son los típicos de las películas o las series Yankees que te vienen el primer día con un pie recién horneado o te hacen regalos frecuentemente. La persona común, de barrio, vive rodeada de vecinos chusmas que pasan sus días buscando algo que alcagüetiar, ó ¡peor!, la madre de tu mejor amiga (quién claramente se enteró por ella) le chusmeo al carnicero que tenés un nuevo chongo ¡¿para qué?!. Este, el “famoso corta  fiambre” (que dicho sea de paso es un atorrante y quién aparte de chorearle), le estaba cortando el bife a la madre de tu ex. El mundo del chusmerío funciona así señores, ¡hasta a veces es más rápido que el propia Internet! He aquí la razón por la que odiamos tanto los chusmeríos de los que al mismo tiempo dependemos me atrevería a decir,  como una de las razones de ser.

Hay quienes hacen oídos sordos, como mi vieja, que le dicen tu piba se la pasa de farra y ella no quiere creer. Bueno, de ser así mejor para mí ¿no?. La cuestión es que la peorcita de las chusmas del barrio es la mejor amiga de mi vieja, que encima quiere engancharme al banana de su hijo que dicho sea de paso no tiene ni dos dedos de frente. En fin, éste no importa al final de cuentas.

Lo que yo me pregunto ¿Quién no es chusma en este mundo? ¿Quién no es chusma en una sociedad que se mueve por el consumo, la envidia y la competencia? ¿Quién no dijo (en tono envidioso) ¡viste la garca esa con el churro que anda y encima tiene alto auto!? Quién no lo haya hecho, que tire la primera piedra. Incluso yo, una piba normal, de barrio, víctima del chusmerío de la tercera edad (la conocida generación de las “viejas conventilleras”), la mina que en cuanto le contas un chisme a los cinco minutos se lo olvidó, si señores, yo también chusmeo y entiendo ese desesperado sentimiento de querer saber todo de todos.

Pensemos una situación de la vereda: ¡la típica!, viene la famosa vecina chusma y me tira el bocado, así, sin más: “¿Te peleaste con tu novio? Porque lo vi el otro día con otra chica de la mano ¿qué pasó?” .Para empezar, “¿Qué cuernos le importa señora?”. Después, “no, no me pelee”. Esa es la respuesta que quisiéramos dar, pero la mayor parte de las veces nos limitamos a fingir una especie de cordialidad forzada, porque si encima le contestás mal, la loca desubicada sos vos y, claramente eso no queremos. Con lo cual te peleas con tu novio porque le contás que lo vieron con otra y para colmo te enroscas pensando que todo el barrio ya sabe que sos una cornuda. En conclusión, una vez más la especie humana se autoasombra de las mismas pelotudeces que la especie humana es capaz de generar, en otras palabras, somos unos miseros boludos que nos importa más lo que piensen los demás que lo que realmente somos y valemos por nosotros mismos.


El cumpleaños
(Por: Pratt Manavella, Agustina)

Algunos dicen que la edad no se mide por años sino que se mide por experiencias. Digan lo que digan, nos guste o no nos guste, una vez al año, a todos nos toca el día de nuestro cumpleaños. 
Unos días antes ya tus familiares y amigos te van advirtiendo: Che! Falta poco para tu cumpleaños… Que traducido sería algo así como: Che! Anda poniéndote las pilas. Queremos joda y morfi! 
De chicos nos ilusionaba cumplir años… hasta los dieciocho. Los tan ansiados 18, cuando ya podes manejar, ya podes comprar alcohol y ya podes entrar a los boliches tranquilo. Pero una vez que los cumpliste, la emoción se te pasa enseguida. Después, ni te querés enterar que cumplís un año más. Y reflexionas: tengo un año más de vida... estoy cada vez más cerca de mentir sobre mi edad! 

Llega el día. El reloj marca las 00:00. Forzosamente ha comenzado un nuevo año. Empiezan a llegarte mensajes de texto (que con el aviso de Facebook se duplican) y llamados. - Hola!!! Feliz cumpleaños!!! - Gracias… -¿Como estas? ¿Como la estas pasando? - Bien, todo bien… - Aaah… bueno… Y nunca sabes como remar la típica conversación. 

Es hora de los festejos y de a poco comienzan a llegar los invitados. En general, la primera en llegar es la abuela, que se instala en la silla y de ahí no se mueve durante horas. Sigue llegando gente y empiezan a hablar mil y una conversaciones en simultáneo.
Entre tanto, mamá o alguna tía buena onda te ayudan a servir la comida. Apenas te podes sentar, siempre hay alguien que te pide algo. Y ojo! Nunca pero nunca faltan los que van a un cumpleaños A DIETA. En mi país la palabra cumpleaños es sinónimo de comidas con miles de calorías. No me pidas cubiertos para comerte la hamburguesa al plato ni gaseosa light, es un cum-ple-a-ños! 

Un must: la foto persona por persona, alrededor de la mesa y/o con la torta de fondo. LA TORTA. La misma torta de todos los años, llena de crema pastelera y con las cerecitas arriba, esa que la comen el 10% de los invitados y por compromiso, esa que después te queda toda la semana de clavo en tu casa. Durante todos los días que siguen abrís la heladera y la ves ahí, intacta, e intentas con ofrecérsela a cuanta persona asome el pie por la puerta de tu casa, pero no, no hay caso, la torta clavo sigue ahí, inmóvil. Estoy hablando de la misma torta a la que todos los años se olvidan de comprarle una vela linda y le ponen la típica vela gorda de almacén que hay para cuando se corta la luz. 
En el momento en el que prenden la vela siempre entrás a dudar. ¿Qué cara hay que poner cuando te cantan el feliz cumpleaños? ¿El cumpleañero tiene o no tiene que cantar? ¿Tiene o no tiene que aplaudir? Lamentablemente, la respuesta no la tengo. Lo único que puedo asegurar, es que cuando llega la parte de “que los cumplas...fulanita” todos se dan cuenta que, al igual que el año pasado, el anterior y el siguiente, no se pusieron de acuerdo y cada uno canta el nombre que se le antoja. Eso sí, en un tono más bajo, por miedo a quedar desubicado. 

Y no vayamos a pasar por alto a la frutillita del postre, la representación del cumpleaños materializada: EL REGALO. Si te regalan porque te regalan, sino te regalan, porque no te regalan. Somos así de inconformistas. ¿Qué cara hay que poner cuando no te gusta un regalo? ¿Hay que activar toda nuestra falsedad? ¿O mejor soltamos un: ¡¿esto me compraste? ¿alguna vez me viste a mi con algo así?! Otra incógnita que tuve toda mi vida es: los regalos… ¿se cambian? A mi me da culpa... Sí, culpa! No sé por qué pero me da culpa. 

En fin, no hay un protocolo con una serie de pasos a seguir a la hora de cumplir años y existen incógnitas que siempre van a quedar ahí, preguntas sin contestar, que año tras año vuelven a reaparecer. Así es la vida gente. Y cada año existe un día especialmente dedicado para recordarte que estás viviendo un año más de la tuya. Mejor disfrutar, reírse y no dramatizar tanto! Total… hasta dentro de 364 días no va a volver a pasar! 

¿Perdida de tiempo o el mejor momento del día?

(Por: Bengochea, Ma. de los Milagros)

Algunos dicen que es una pérdida de tiempo, otros, que los ayuda a tener energía durante todo el día, nuestro querido amigo “Wikipedia” dice que es una costumbre consistente en descansar algunos minutos después del almuerzo y por último, yo la defino como: el mejor momento del día. Está claro que me estoy refiriendo a la gloriosa y querida SIESTA.

Lo cierto es que gran cantidad de científicos están de mi lado, ya que determinaron que dormir entre 20 y 90 minutos luego del almuerzo mejora el rendimiento laboral, ayuda a la regeneración de la piel, impulsa el buen humor y previene enfermedades.

“La siesta está de moda ahora”, “yo a tu edad jugaba en la calle, no dormía como vos”; estás son clásicas frases de mi vieja, o mejor conocida como “Vica”. Vica a sus 53 años duerme siesta todos los días luego del trabajo. Sin embargo, se opone a que yo lo haga porque “soy joven”. Entonces, ahora yo me pregunto: ¿Acaso hay edad para dormir una buena y tendida siesta? Definitivamente, mi respuesta es NO. Todos la necesitamos. Bebés, niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos, absolutamente nadie puede negarse a una “siestita”. 

Se ha convertido en una tendencia mundial, sobretodo en los países desarrollados. Hoy en día, es tan popular que el 24 de octubre del año 2011 se celebró por primera vez, la semana de la siesta en Argentina (el mejor curro que tuve para dormirla durante 5 días consecutivos). El objetivo de la misma era incrementar nuestra comprensión sobre el impacto del estrés y la falta de sueño en el trabajo y en nuestra vida personal e incorporar a nuestras vidas espacios de reparación que incrementan nuestra productividad posterior y mejoren nuestra disponibilidad personal e interpersonal. 

Se recomienda usar despertador para no dormir más de 90 minutos y seguir una rutina: acostarse e intentar dormir, y usar una manta para no tener frío al despertar. 

La siesta podrá ser una cuestión meramente cultural o una “religión” para algunas personas (o para los vagos, dirían algunos). Sin embargo, yo creo que es necesaria para mi vida diaria. La necesito para descansar, para mejorar mi humor de perros que tengo después de estar toda la mañana en la facultad, para lograr terminar todas mis actividades del día, pero por sobre todas las cosas duermo la siesta porque ME ENCANTA!!. 

Finalmente, todo esto me llevo a preguntarme: ¿Será que soy una reverenda vaga?. La verdad es que me importa una mierda. Dormí, duermo y seguiré durmiendo la siesta todos los días porque se me canta y punto.

La (no) solidaridad de género

(Por: Pagura, Ma. Pierina)

Una serie de eventos, observaciones y corazonadas me están haciendo creer que estoy completamente fuera de mi juicio. O mejor dicho, fuera del “mundo femenino” y del estereotipo de mujer socialmente aceptado, porque se me complica de sobremanera inmiscuirme y permanecer en este mundo sin sobresaltos. Cabe aclarar y destacar que no es el género en su colectividad el que me avergüenza, la ley siempre tuvo una excepción, y encontrarla(s) me obliga inmediatamente a tener que dar lo mejor de mí para conservarla y mantenerla en óptimas condiciones. 

Pareciera que el hecho de poseer útero es directamente proporcional a no tener códigos, lealtad y mucho menos palabra. A lo largo de mi corta vida tuve que ser testigo de miles de situaciones en las cuales Fulanita “le sacaba mano” a Menganita y luego, para la cámara eran las mejores amigas, quasi hermanas separadas al nacer. Este fenómeno se profundizó totalmente con la proliferación de las redes sociales, donde la hipocresía aflora y todas somos re-amigas de todas, nos amamos, nos alabamos y no podemos vivir la una sin la otra. Pero cuando se apagan las cámaras… Probablemente si te tienen que pisar la cabeza, lo harán sin remordimientos. 

En la vereda de enfrente están ellos. Y para continuar con la exposición voy a citar a un gran amigo que en una oportunidad me dijo “se encuentran 30 hombres y hay fiesta, pero si se encuentran más de tres mujeres juntas, hay lío”. No quiero entrar en tan morbosa generalización, pero siempre que tuve el agrado de ver las constelaciones masculinas de relación, lo que siempre vi, es transparencia y una nobleza admirable y digna de emular. Probablemente haya un “taradito” al que no bancan en el gran grupo, pero a éste, siempre lo”gastarán” con indirectas simpáticas, hasta que, si la situación es irremediable, el sujeto tomará por si solo la decisión de abrirse del grupo, o en el peor de los casos, irán a las manos. 

¿Será que esta falta de cohesión se debe a que por siglos fuimos el género subalterno? No me queda otra hipótesis alentadora para esta cuestión, probablemente, el hecho de tener que estar en la sombra de los hombres por tanto tiempo, nos dejó como herencia una postura defensiva y destruyó cualquier “conciencia de clase”, marxistamente hablando. Lo único que yo puedo constatar acá es que, ser mujer es de lo más complicado. O tal vez, “el bicho raro” sea yo por seguir teniendo esa idea romántica de defender a muerte ciertos principios y cierta coherencia y dejar bajo la alfombra los almidonados formalismos y el estereotipo de mujer que nos legó la familia Ingalls, en donde la mujer solo sonríe y cocina. 

Mi férreo optimismo no me deja pensar otra cosa que las excepciones existen y que, serán minorías, pero que todavía quedamos mujeres con principios y fieles a nuestra palabra. Y también pienso que la llave del cambio está en nosotras, mientras que la solidaridad entre mujeres esté tan debilitada, dudo que cambie la patriarcalidad de la sociedad, dicho en una jerga cotidiana “los hombres van a seguir haciendo lo que quieran con nosotras”. Finalmente, este comentario podrá pecar de machista, pero creo que muchas de las actitudes de ellos retroalimentan de las actitudes de las mujeres. Por ende creo que nada habrá de cambiar si el género insiste en dejar tanto que desear y en quedar tan dependientemente mal parado.-










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